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ALGORA _ GALIMATÍAS
El inmejorable sabor de boca de su primer álbum “Planes de verano” (DFE / 2007) ha hecho que cualquier noticia sobre el regreso de Algora, o la simple oportunidad de observar sus evoluciones en directo, me haya resultado siempre de lo más estimulante. Así sucedió cuando publicó las desiguales remezclas de su primer larga duración, bajo el título “Nubes blancas, sueños raros”, y suponía que me embargaría el mismo interés con su segundo álbum “Galimatías” (Dress for Excess / 2010). Sin embargo, durante su concierto de presentación comprobé sorprendido que me sentía mucho más impaciente por recuperar con urgencia “Planes de verano” que por adentrarme en el flamante disco que tenía entre mis manos. Las sensaciones tirando a frías de las preescuchas en Myspace vinieron a confirmarse en la exigua selección de nuevos temas que presentó en directo. Únicamente me quedaba autoconvencerme de que la madurez alcanzada en este segundo álbum exigiría escuchas más detenidas y pacientes para poder sacar el jugo al trabajo de este más que interesante artista. Y es que ya desde la gira de “Planes de verano”, y especialmente en su posterior formación con los Perros de Terciopelo, se adivinaba un radical alejamiento de la electrónica en favor de posiciones mucho más acústicas. Pero, a la vista de la exquisitez y de la entereza con que los himnos de “Planes de verano” soportaban tratamientos más acústicos y orquestales con dicha formación, comenzaba a quedarme claro que no sería el aspecto de la producción el más determinante a la hora de valorar este nuevo álbum, sino el hecho de que muy pocos temas de “Galimatías” resisten la comparación con sus antecesores.
Algora parece sentirse cómodo adoptando el papel de crooner sereno e introspectivo, presentando un álbum impregnado de canciones más acústicas, con predominio de sonidos guitarreros, riffs polvorientos, suaves percusiones y un decantamiento por aires más folk que sepultan casi sin piedad el recuerdo de los sublimes momentos electrónicos de “Planes de verano”. Dentro de este planteamiento, hay temas que aguantan mejor el tipo, como el primer single “Cráneo roto”, medio tiempo acelerado y agradable, aunque algo monótono y lineal, muy a lo Chris Isaak, o la bella y delicada historia de “Escornabois”, con su memorable estribillo. También ayudan a digerir mejor el álbum la inquietante percusión y las acertadas bases electrónicas de “Los ojos del insecto”, en la que recupera la apasionante tensión de algunos episodios de su anterior álbum, o el preciosismo de la lírica sobre la soledad de “Canción mentira”. Pero es la excelente “50 estrellas” uno de los pocos momentos realmente convincentes que encontramos a lo largo del álbum, con guitarras de aires country, que cautiva por sus esplendorosos arreglos de trompeta y por el tono amable y melódico con el que envuelve una fina y ácida crítica del imperialismo americano. Aunque hay canciones que salvan más o menos la cara según el momento en que sean escuchadas, como la cálida y luminosa “San José de Cupertino“, con coros en inglés a cargo de Evripidis Sabatis, o la inquietante plácidez de “Cocodrilo“, con coros de Corazón, en una turbadora estampa sobre los malos tratos. Pero al margen de estos momentos, el artista alcarreño parece haber encallado en una obsesiva búsqueda de su particular realismo bizarro en las letras, y una profusión metafórica con la que seguir manteniendo cierto status de inaccesibilidad. Ni siquiera mi indulgencia con Algora consigue desterrar la sensación de aburrimiento de cortes con excesivo regodeo vocal (“El hijo larva“, “Y le sacarán los ojos”), la maltrecha languidez de las discretas “Nuestro tío Walter” o “Menos que cero”, o el estribillo fallido que arruina las buenas intenciones de la atropellada “El traje de bombillas“.
En “Galimatías” prima por encima de todo un ejercicio de estilo, en equilibrio al borde de una delgada línea entre lo pretencioso y lo genuino, que no encuentra temas redondos para convertirse en inmortal. Sin desmerecer su esfuerzo por seguir resultando original y atrayente, lo cierto es que, con exceso acústico o sin él, ninguna de las nuevas propuestas se aproximan como sería deseable al arrebatador magnetismo de “Cucarachas”, la vibrante progresión de “Paraaguas”, la magia envolvente de “Techno triste” o el emocionante desenfreno de la irresistible “Mr. High Heels”. Aún así, sigo sin perder la confianza en los futuros planes de Algora.
DJ Farrow |