Lección 2 Hagamos un poco de “histeria”
3.0 LA PREHISTORIA DEL GLAMOUR (O el glamour en la prehistoria, o... en fin, eso)
Desde que los dinosaurios se comían a los hombres, la búsqueda de lo agradable a la vista, al tacto, al oído, al olfato y al gusto (Casualmente nuestro cinco sentidos más conocidos, lo cual no quiere decir que no haya otros, como el sentido de la circulación o el “El sexto sentido”, ahora en DVD, con quince minutos adicionales) ha sido siempre unos de los objetivos principales del ser humano, junto con defenderse de esos mismos dinosaurios.
Defenderse, acabar con todos ellos e inventar una historia tan absurda y prepotente como que un asteroide impactó en nuestro planeta el año de la polca (Bueno, no sé exactamente qué se bailaba entonces, supongo que alrededor de una hoguera, más bien tipo sardana), acertándoles a todos en la cabeza, supongo, lo cual, además de fortuito, haría pensar que primero tuvieron que juntarlos a todos en un radio de acción muy determinado, hipótesis que se cae por su propio peso, ya que cómo iban a calcular los hombres de las cavernas el lugar exacto de la colisión, si no tenían ordenadores ni nada. Y aunque hubieran tenido no habrían sabido utilizarlos, o no habrían tenido dónde conectarlos. Y cómo juntar a tanto dinosaurio, que entre ellos muchos no se podían ni ver, por aquello de que «Ah, no, que tú eres carnívoro y no quiero saber nada de ti, porque yo soy herbívoro y tal».
En fin, un despropósito y, sobretodo, una mentira a todas luces, una teoría falsa ¡A los dinosaurios nos los cargamos nosotros! ¿Acaso no llevamos décadas cargándonos cientos y cientos de especies animales? ¿Por qué iba a ser tan descabellado pensar que eliminamos a esos reptiles tan feos, y que pretendían ellos dominar el mundo? ¡Fue en defensa propia!
Bueno, pero esa no es la cuestión, hagan el favor de no liarme ni cambiar de tema. Hablaba de esa constante que ha preocupado al género humano, sobretodo al género femenino, desde el principio de los tiempos, de cómo el hombre (Y en especial la mujer, repito) ha hecho uso de sus sentidos para percibir no sólo lo esencial, sino lo más bello de su entorno, de sí mismos.
En especial hago referencia al sentido del gusto, que se divide en dos tipos: sentido del buen gusto y sentido del mal gusto, del que hablaré más adelante.
El sentido del olfato sirve para diferenciar entre una señora fumigada con un perfume caro y una tía cerda que no pisa la ducha.
El tacto permite disfrutar la maravillosa suavidad de un abrigo de piel de bebés foca, por ejemplo. Además, es propio de gente glamourosa el tener mucho tacto al tratar con los demás.
La vista permite percibir todo cuanto hace referencia al glamour, porque “una imagen vale más que mil petardas”. Además de tacto, también conviene tener mucha vista.
Por último, el oído permite lo mejor de todo, que tus amigas puedan escuchar de tus propios labios todo lo que te has comprado, ya que tú tienes más dinero que ellas. Tú o tu marido o tu amante.
Lo cierto es que la Prehistoria era un poco lo peor para el glamour, porque apenas había tiendas de nada, y se hacía poco menos que imposible comprarse un taparrabos de marca, como mucho podías intercambiar algo, en plan «Yo te doy un trozo de sílex y tú a cambio me das ese collar de cuentas, conchas y colmillos tan divino, nena. O si no te lo arranco, tú misma. Elige rapidito, que no tengo todo el día. ¡No, “¡Ug, ug!”, no, que me des el collar ya!».
No había perfumerías, tiendas de lencería, salones de belleza, showrooms, licorerías, photocalls, farmacias... ¿pueden creerlo? Como para volverse una loca.
Tampoco había peluquerías, aunque también es cierto que la moda era ir despeinada y, generalmente, con un hueso en la cabeza, en una especie de kiki alto y revuelto.
Otras llevaban el pelo como Raquel Welch, o sea, cardado en la parte superior y lacio en las puntas, en plan años setenta, pero tipo años setenta de hace miles y miles de años, claro, o sea que el crepado (O cardado de raíz) igual lo conseguían utilizando una raspa de pescado, porque peines, lo que se dice peines, no había, aunque tampoco importa que no hubiera muchas de las cosas que hoy nos parecen imprescindibles, pues todo se solucionaba utilizando algo parecido, pero de la época. No hay más que ver la serie de dibujos animados Los Picapiedra, que está basada en hechos reales. Por ejemplo, el cortacésped es un dinosaurio herbívoro que se sujeta por la cola y se va comiendo la hierba. Como consolador se usaba un cactus (Previamente se habían quitado los pinchos... salvo que buscaras sensaciones fuertes). Para hacerte las axilas nada de Epilady, ¡un trozo de sílex bien afilado y punto!
El caso es que según las películas, en especial esta que mencionaba antes (“Hace un millón de años”), la de Raquel Welch, en la Prehistoria ellas se peinaban –supuestamente- como a principios de los setenta, con el pelo muy cardado y raya y todo, en zig-zag, pero como un poco despeinadas y las puntas abiertas, en plan “llegando a casa después de un after-hours”, o sea como un despeluzado muy falso, pero muy fashion. Y enlacado, para que se mantuviera así de despeinado.
Luego se solían poner tipo una hoja de parra, pero no a modo de bikini, que para eso ya estaban las pieles de animales, que ni estaban en extinción ni muchísimo menos, sino que la colocaban a un lado de la cabeza, tipo flor de folklórica, pero como más agreste. Un estilismo muy propio de la época, pero que pasó de moda cuando se descubrieron las horquillas y los pillapelos. Las pamelas también hicieron mucho daño, y las peinetas no digamos (¡Sobretodo cuando te las clavaban en la nuca!).
Posiblemente la primera imagen existente de una mujer acicalándose sea un grabado prehistórico* (pié de pag. Verídico, hijas) aparecido en una cueva, en las cercanías de Oslo (Noruega). Este dibujo reproduce la figura de una mujer aplicándose grasa de reno, animal que aparece al lado de la figura femenina. Para que vean que una no está nunca contenta con nada: primero se aplica una un montón de grasa por el cuerpo... miles de años después acude a hacerse liposucciones y quitarse la grasa «Porque no quiero parecer una rena, digo una cierva, ¡digo una cerda!».
Por no hablar de la llamada Venus de Grimaldi* (pié de pag. También verídica, que no todo va a ser chufla, bonitas), similar a la de Willendorf (Pero todavía más gorda, si cabe), una figura femenina hallada en la costa azul francesa, neolítica o así, que será todo lo Venus que quiera, pero que aparece con unos pechos y un caderamen que te dice mucho de los gustos estéticos de aquella época, habida cuenta que lo importante para la tribu era la fecundidad y punto, sin tener en cuenta el colesterol ni los tangas. Muy diferente a las Grimaldi que conocemos ahora, tanto Carolina como Estefanía, que son mucho más delgadas, no importa la cantidad ingente de niños que hayan traído al mundo. Bueno, Alberto está más fondón... es más mujerona. Ella siempre a contracorriente y pasando total de los usos sociales.
Tal y como he mencionado antes, en la Prehistoria no había tiendas. Fui yo, cuando viajé a la época de las cavernas, quien inventó la idea de “centros comerciales” y “estrechas superficies” (Es que las grutas eran supercutres), o más bien quien la introduje, pues de sobras conocía yo la cosa de las tiendas de toda la vida (¿Saben ustedes que yo nací accidentalmente en una joyería? Tuvieron que sajar el cordón umbilical con un diamante en bruto. Lo contaré en mi próximo libro).
En realidad lo que hice fue perfeccionar el concepto de intercambio, ya que por aquel entonces no se había acuñado moneda, característica típica de cavernícolas (Estábamos en la Edad de Piedra, no en la de Bronce, ni Hierro, ni Polispán.).
Como a mí siempre me han encantado los “Todo a 100, 300, 500 y más”, idee los “Todo a un trozo de sílex, dos antorchas, tres pieles de oso y más”, y fue un éxito. La gente encantada, sobretodo ellas, que se pasaban las horas muertas en una cueva que puse, coquetísima, muy bien decorada con cosas del suelo, plumas, huesos y otros restos de animales muertos. También decoré las paredes con unos monigotes mal pintados, y dibujé ovnis para crear confusión en el futuro. Ellos mientras se iban a la caza del mamut, y nosotras allí todo el día co-co-có, hablando de esto y de lo otro, y de unas y otras, y sobretodo criticando de ellos; que si mi marido tal, que si mi marido cual, que si el tuyo es un borracho, que si el tuyo más. Todo ello supuso un gran cambio en las relaciones humanas, o como yo digo: “esto resultó un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la mujer”.
Cuando volvieron de la caza del mamut (Que por cierto, ¡no lograron cazar ningún mamut! «Ay, es que se han extinguido», decían ellos. Ya, ya, extinguidos... ¡torpones!), se encontraron con que sus mujeres, que antes eran poco menos que unas simples monas, ahora estaban peinadas, maquilladas y vestidas como auténticas zorras.
Aunque más radical fue su propio comportamiento: de sumisas esclavas se convirtieron en agresivas dominatrices, violentas activistas feministas, poderosas curanderas hechiceras, aguerridas lesbianas luchadoras, orgullosas madres solteras, o auténticas cazadoras de mamut («Ay, pues sería alguno viejo que quedaría por ahí, perdido, y no le habíamos visto», decían ellos. ¡Já, había mamuts a patadas! Es que levantabas una piedra y salían cuatro mamuts corriendo en dirección a los cuatro puntos cardinales, perfectamente orientados, trompeteando).
Sí, yo feminista-feminista no seré, porque la única mujer que me importa soy yo misma* (pié de pag. Y mi clon, que mantengo encerrada, por si algún día necesito un órgano) (Además, soy demasiado guapa), pero sí que hice mucho en su momento por el Movimiento Sufragista Cavernario, como ideóloga, cizañera, manipulanta y lianta.* (pié de pag. ¡Es tan divertido tirar la piedra y esconder la mano! ¿Y qué otra cosa podía tirar en plena edad de piedra? ¡No iba a tirar un trozo de metacrilato!)
Solidaria como yo sola, también apoyé otras causas, a otras minorías, como por ejemplo al Triunvirato Troglodita Travesti* (pié de pag. Conocidos entre ellos como “las Tritrotras”), colectivo incipiente pero ruidoso, que me hacía mucha gracia porque muchos hacían actuaciones imitándome (En una especie de rudimentario cabaret iluminado con teas ¡Y nada de play-backs, música en directo!, un fantástico tamtan), porque yo era su diva y su ídolo (Ídolo en el sentido literal, ¡de ahí lo de Diossa!), me adoraban y tal, pues por raro que parezca aún no había nacido Cher. Aunque ya les dije yo a ellos: «¡Ni se os ocurra representarme con una de esas espantosas esculturas de gordas! A mí me ponéis superdelgada y con un micrófono de pié, ¡claro que yes!» (Que posteriormente se malinterpretaría como una lanza y actitud cinegética). Y así lo hicieron, razón por la cual en las pinturas prehistóricas* (pié de pag. Pintarrajear las paredes era su precario concepto de poner posters en su cuarto) aparece la gente con esos abdómenes absurdamente estilizados y largos, más flacos que los propios brazos, no porque pintaran mal, que ya veis que los bisontes los recreaban de forma muy realista, sino como deferencia a mí y mi cintura. ¡Qué soles!
Recuerdo que me dijeron que me enrollara y tal y actuara para ellos, pero ya les dije yo que «si quieres que te cante, el pterodáctilo por delante». Al final los travestis me hicieron unas ofrendas, me animé y les hice un show tipo Las Vegas, es decir, con el vestido de piel hecho flecos y coreografías en plan sexy.
Ah, ¿que ustedes pensaban que por aquel entonces no había travestis?... Pero, vamos a ver, no me están prestando atención, ¡si ya les he dicho que desde el mismo comienzo de la vida en el fondo marino todo quisqui venía siendo hermafrodita por lo menos! Como las almejas, que tan pronto son machos como son hembras. Y así todo. Pero, ¿qué se piensan, amigos, que esto del travestismo es una cosa de ahora?, ¿una moda importada de América, quizá, como todo? No, no, no. Esto se remonta a los albores de la civilización, incluso antes, mucho antes, ya digo. Desde que el hombre es hombre, el hombre ha sido también a veces muy mujer. Y cuando el hombre no era más que un mono, ya había monos que eran muy monas, y monas que eran la pera. Y peras que eran un poco manzanas (Diga Ana Botella lo que quiera).
¡Cómo no iba a haber travestis! Surgieron porque había una necesidad imperiosa de diferenciar ambos sexos, ya que, como he dicho antes, en un principio las mujeres eran físicamente poco más o menos como los hombres, y eso podía dar al traste con la preservación de la especie. Los varones fornicaban con lo primero que se encontraban, al no existir demasiada diferencia entre machos y hembras. Y así no hay forma de que perdure el clan ni evolucione nada. De tal manera que los homínidos travestidos enseñaron a las mujeres cómo lucir palmito, sabiendo bien lo que podía gustar más a los hombres. Demostración clara de que, a fin de cuentas, el glamour es un invento masculino, idea en la que incidiré en la lección 8.
¡Pues sí, claro que había travestis! ¡Y menudas eran! De hecho gracias a ellas salió para adelante la cosa del glamour (Además de la propia especie humana, como efecto colateral), porque las mujeres-mujeres se cansaban enseguida del tema, ya que tenían que cuidar de montones de niños (Además de su marido, que era un niño más), hacer la comida, adecentar la gruta, masticar las pieles y recolectar frutos y hierbajos, además de poner trampas para cazar animalillos tipo conejos, que de ahí viene la expresión «Hoy le he comido el conejo a mi mujer», ya que ellos muchas veces venían con las manos vacías, no aportaban nada, nada más que más hijos, y tenían que conformarse con lo que cazara la señora. Para luego no poner más que pegas, en plan que si cuanto hueso, que si esto está recalentado, que si le falta ketchup. ¡Como no le iba a faltar ketchup, si aún no se había inventado! Los hombres siempre igual, hijas. Da igual que haya pasado un millón de años, ellos no cambian, ellos no. Ellos si te pueden poner una pega te la ponen. Ellos son como son, y no hay quien les cambie.
El caso es que yo les eché una mano a estas “chicas”, que dejaban mucho que desear como para presentarse a un concurso de misses (Salvo que fuera el concurso “Pantene, pelo bonito”, porque eran un poquito “yetunas”* (pié de pag. De “Yeti”.). Por ejemplo con el tema del maquillaje, para que se pintaran el ojo y el morro decentemente, y se dieran su rubor en el pómulo y añadieran su consabido lunar, porque hasta entonces ellas se limitaban a machacar pigmentos y pintarse un ciervo en la cara. Bueno, las gordas se pintaban toda una escena de caza. Claro, ellas tenían más metros cuadrados de cara, no la iban a desaprovechar.
Les hice ver que merecía la pena caerse de vez en cuando –y ahogarse- en los lagos de brea, ya que esa especie de alquitrán era lo más parecido al rimel que iban a encontrar en aquellos lugares y en aquel tiempo. Salvo que se pusieran pestañas postizas, utilizando una araña patilarga pegada en el párpado con sus propios fluidos al destriparla. Claro que... el veneno de algunas arañas podía dejarte ciega, pero hija, ¡para presumir hay que sufrir!, y eso no lo he inventado yo.* (pié de pag. Las que querían destacar y llevar unas
pestañas tochas-tochas, se plantaban una tarántula peluda. Pero eso más bien se usaba para actuaciones y fechas señaladas, como sacrificios rituales. Las tarántulas en ocasiones no morían, y te sacaban el ojo de un mordisco. ¡Unas risas! No soy cruel, las afectadas eran las primeras en partirse de risa. Allí la gente se tomaba todo a broma, eran tiempos muy duros como para hacerse la víctima por cualquier cosa)
Otro tema era el tema pelucas, porque muchos hombres se quedan calvos, de hecho cuanto más peludos son, más proclives somos, ¡uy!, digo son, a la calvicie (¡Qué lío, chacha, por favor!). El caso es que «¿¡Dónde se ha visto una mujer calva!?», y esto tampoco me lo he inventado yo* (pié de pag. Visionar la película “Todo sobre mi madre” de Pedro Almodóvar). Enseguida les enseñé que si querían un buen pelucón rubio, tipo el mío, no tenían más que matar un león cavernario (Que eran del tamaño de un pony gigante) y arrancarle la cabellera. ¿Qué te arrancaba él a ti una pierna primero? ¡Ay, hija, para presumir hay que sufrir! Y punto.
¿Que querías un pelucón pelirrojo, rollo “Gilda”? Pues utilizabas pelo de mamut o rinoceronte lanudo. ¿Que te aplastaba un poco el cráneo nada más acercarte? ¡Ay, hija, estar guapa cuesta, ya se sabe!
¿Que te daba más rollo el estilo Siouxie y querías un postizamen negro? Pues tirabas de rata, que había unas ratas cavernarias, superenormes, que eran peores que el león y el rinoceronte juntos, además de más inteligentes, por descontado.
Otro problema era la cosa de los tacones, que tal y como los entendemos hoy en día simplemente no existían. Generalmente, cuando una quería estar más alta que las demás, no te quedaba otra que subirte a unos riscos y saludar desde arriba. Si tenías vértigo podías olvidarte de ser alta. Yo ideé unos zapatos algo toscos, muy rudimentarios, tipo plataformas hippies, a base de un trozo de corcho atado al pié con una liana. Eran monos, y como ellas también eran medio monas, pues ello por ello.
También les puse al corriente de que la moda que estaba al caer -era glacial arriba, era glacial abajo- era la de los labios operados. Como por aquel entonces la medicina estaba muy atrasada –no digamos la cirugía-, que todo lo curaba un brujo pasándote una calavera por el cuerpo, mientras entonaba un murmullo sin letra ni nada (¡Ni aspirinas había! Yo unas jaquecas...), se me ocurrió que si acercaban la boca a según qué flores, un pedazo de abeja, como un tordo de gansa, les propinaría un picotazo que les podría el hocico que ríete tú de Carmen de Mairena y Pete Burns juntas. Y ellas encantadas. Primero el de arriba... ¡Pim! «¡Ay!» (Al rato «¡Oooh!»). Luego el de abajo... ¡Pim! «¡Ay!» (Al rato «¡Oooh!»).
Y luego algunas, tal y como sigue ocurriendo ahora, eran como de «¡Pues yo voy a ir a ponerme más labio! Y de paso a ver si me pica un poco en los pómulos» Qué brutas. Con lo difícil que es que te piquen en los pómulos simétricamente. Ahí comenzó el “estilo picasiano”. Pero le cogieron el gusto, y se pasaban el día acercándose las flores a las caderas y a los pechos.
En fin, recuerdo que las medias de red las improvisábamos con simples telarañas (Pero que eran más resistentes que las de ahora, ojo –me refiero a las medias, no sólo a las telarañas-), y con un pavo real te podías hacer un modelo de escándalo, pero bueno, eso también lo hace ahora María Jiménez.
Pero había algo que fallaba, algo que faltaba. Me di cuenta enseguida, al ver esos abdómenes rectos. ¿Qué sería, qué sería?, no hacía más que preguntarme yo, intrigada perdida... ¡Se trataba del corsé! Imposible lucir una buena cintura sin un buen corsé. No me quedó más remedio que inventarlo, claro está, a ver qué iba a hacer. Este sería, probablemente, el invento crucial de la Prehistoria (Por encima del fuego, la rueda y todas esas tonterías que no condujeron a nada y pasaron de moda enseguida).
Todo ocurrió de la siguiente forma: una tarde cualquiera, después de haber estado colgando a secar unas tripas de algo, nos pusimos a charlar un grupo de amigas. Bueno, un grupo de conocidas (Porque amigas, amigas, lo que se dice amigas...). De pronto, quizá alertado por el olor de las tripas (O por el de una de ellas, que era un cerda, que mucho pintarse, pero de lavarse nada. «Ay, no se me vaya a ir el body-painting, que menudo trabajazo», decía. ¡Cerda!), apareció un oso. Pero un oso-oso, no un chulo peludo entrado en kilos, no, un oso de verdad, ¡un oso cavernario!, que son como un armario de cinco puertas de ancho, y de alto como Sigourney Weaver por lo menos.
¡Vamos!, ¡qué susto, de verdad! De pronto se dirigió a una de nosotras, rugiendo. Bueno, la verdad es que se dirigió directamente a mí, que recordé que me había echado miel en los labios, porque se me había acabado el bote de rouge que me llevé de la actualidad, y no quería perder el brillo en los labios, por si alguien me hacía una foto de improviso* (pié de pag. Además, a mí se me cortan enseguida los labios, y no). Yo, ni corta ni perezosa, empujé a la que estaba más próxima a mí –una muy fea- hacia él, y exclamé «¡Pobrecita, ha cogido a esta, se quiere comer a esta! ¡La ha elegido a ella! ¡Ja, ja!». No pude evitar reírme. Es que me pareció muy gracioso, no sé. Fueron los nervios, si no yo no hubiera reaccionado así. O sí, no sé.
El caso es que el oso la atrapó por la cintura con las garras, y comenzó a apretar. Ella gritaba «¡Socorro! ¡Ayudadme, ayudadme!» y yo les dije a las otras «Chicas, esta siempre tan predecible ¡Sabía que iba a decir eso! ¡No puedo con ella!», y las otras me dieron la razón (Quizá temerosas de que las empujara también a ellas). El oso siguió apretando, y la susodicha chillando. Yo dije «Madre, qué dolor de cabeza me está levantando con tanto griterío. Y aquí no hay aspirinas. Tendré que chupar unos hongos que yo me sé, que se te pasa todo enseguida», y seguimos mirando el espectáculo, porque como allí no había tele, era la única forma de disfrutar de alguna distracción. Es que allí apenas se sacrificaban vírgenes a los dioses, pues las chicas eran todas muy “echás palante” y dónde tendrían ellas el virgo, ya ves tú.
De pronto estaba yo allí, de brazos cruzados, mirándola, riéndome, cuando pensé «Pues la está matando, no te digo que no... pero hay algo que la favorece». Se me fue la risa. El oso seguía apretándole la cintura, y la tipa ya ni gritaba, pues le estaban saliendo las tripas por la boca, sólo hacía un ruido como «bbbffggrrasssshhh» o «fffgggrrrbbblassss» o algo así muy parecido. Yo seguía ensimismada, murmurando para mí «Pues estará medio muerta... ¡pero está divina! ¿Qué será?». Y entonces caí en la cuenta... ¡se trataba del tipazo que le hacían las garras, que ya se juntaban una con otra! Le estrechaban la cintura mogollón. «¡Ya está! ¡Ya lo tengo!», grité al más puro estilo Vikie el Vikingo. E inventé el corsé.
Nada, no crean, un corsé también muy rudimentario. Dos trozos de corteza blanda de árbol alrededor del cuerpo, sujeto también con lianas apretadas. Las lianas en aquella época solucionaban mucho.
El caso es que entre los improvisados pelucones, las picaduras de abejas, las arañas en los ojos y las telarañas en las piernas (Lo arácnido también eran una inagotable fuente de belleza), las plataformas de corcho (Que se han mantenido hasta la actualidad, sólo que perfeccionadas), los pigmentos por la cara y los corsés de corteza, las travestis estaban fantásticas, y no había quien las diferenciara de una mujer de verdad. De hecho no sólo daban el pego, sino que muchas superaban con creces a la fémina convencional (Esto también sigue ocurriendo ahora).
Tanto es así que muchos hombres, cuando salían en busca de hembra y se fijaban e iban a por una en concreto que les había hecho tilín, y se encontraban con que, tras darles el consabido porrazo en la cabeza, al cogerlas por el pelo para llevárselas arrastrando a la cueva... ¡se quedaban con el pelucón en la mano!... ¡Hacían la vista gorda, les colocaban de nuevo el pelucón, mal puesto, y se las llevaban remolcándolas por una pierna!
Y todos encantados, porque los hombres querían guerra continuamente, y las mujeres-mujeres estaban hasta las narices de tanto mocoso pidiendo teta, y de sus maridos sobretodo. Y las que estaban más hartas se hicieron lesbianas, y ahí nació el lesbianismo. Pero ese es otro tema, y a mí no me gusta dispersarme, como podrán haber observado. Concisa perfecta, ¡vamos!
Entonces me volví al presente, porque me di cuenta que, por muy diva que sea, “no se puede vivir perennemente anclada en el pasado”. Menos aún en un pasado remoto. ¡Y yo bastante había hecho ya por la humanidad, que me tengo ganado el cielo! O por lo menos un apartamento a pié de playa. Vamos, digo yo. |
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